6 junio 2026
La Furia

FELICES FIESTAS…

Aún no recuperado de las últimas heridas, el barón reposa la espalda en el rugoso tronco de un viejo sauce mientras sus piernas sueltas y tendidas, descansan sobre los tiernos helechos que rodean el cauce de un arroyo. Un arroyo de aguas cristalinas que se arrastran inquietas como su mente, formando a intervalos y tras un intangible chasquido, unas diminutas pompas de aire que se expanden por la superficie formando círculos. Los seres alados que habitan en los árboles, se comunican a través del aire con fascinantes sonidos creándose una conmovedora y hechizante atmósfera. Es Navidad. 

El barón está decepcionado por las desagradables noticias que a la torre llegan de su amada Tierra Santa. Le invade un profundo dolor al tiempo que su esperanza se desvanece. Escéptico se pregunta: ¿por qué el archiduque es tan necio volviendo a repetir sus errores?, ¿cómo se puede ser tan incauto y diezmar a la tropa?… A unos pocos metros de distancia, Sincero, ajeno a los pensamientos de su amo, olfatea el suelo tratando de arrancar con sus patas delanteras la mala hierba. El barón medita, continúa ausente alejado del mundanal ruido y en su interior, anidan las lamentaciones. 

En su blanca torre almenada con perfiles dorados, conserva un antiguo espejo de azogue que para su sorpresa, se ha convertido en un túnel del tiempo. Al cruzarlo, debidamente adiestrado por las sabias indicaciones del mago Merlín, se puede viajar hasta el presente.

Ayer, sin ir más lejos, consiguió imágenes que le trasladaron a cinco siglos después de las Cruzadas, logrando ver entre atónito y escandalizado a sus legatarios, al fruto de su simiente celebrando la Nochebuena. Los vio reunidos junto a la chimenea del gran salón alrededor de una mesa redonda que le trajo nostálgicos recuerdos de Camelot y su amigo Arturo, rey de los ingleses.

Allí se encontró con tres generaciones: los abuelos, los hijos, los nietos, hablando y riendo mientras se daban un banquete regado con esencias frutales que desprendían burbujas. En una esquina del salón descubrió un abeto engalanado con guirnaldas y bolas de colores que centelleaban. El barón no supo si reír o llorar, quedó alucinando con sus vestimentas y exclamó: ¡Por Belcebú!, ¡cómo han cambiado los tiempos!…

Por un instante se sintió afligido al no poder abrazarlos, Merlín no hace milagros. Pero después, al observar que parecían dichosos, en sus gruesos y trémulos labios apareció una ligera sonrisa de satisfacción y emocionado, levantó la mirada al cielo dando gracias a Dios. 

¿No os importará, no sin antes quitarse de encima la armadura, los guanteletes de hierro colado con los que se rasca, el jubón que está para no usarlo nunca jamás y el camisón de lino con sus sobaqueras rasgadas, que el barón se siente en vuestra mesa?

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