6 junio 2026
La Furia

ENCUENTRO EN LA TERCERA FASE.

En la corte reina la alegría, todo es felicidad. Los resultados están siendo óptimos por lo que se espera para los próximos meses un “baby boom”. A falta de ocho jornadas para que finalice la Liga, la tropa recortó distancia a los culés y solo le separa de la primera posición un punto, por lo que se mantiene intacta la esperanza de ganar el campeonato. Pero, vayamos por partes, como diría el carnicero de Milwaukee. Lo primero es lo primero. 

Del primer encuentro recordó un sutil juego de palabras y unas pícaras y lascivas imiradas que dejaban entrever, un impulsivo apetito carnal sobre el tejado de zinc. En el segundo encuentro con la hermosa y cándida doncella, el barón consiguió entrar en el quinto piso quedando sus ardientes labios cautivos, prendados del néctar que desprendía la melosa boca de su amada. En la tercera visita al molino para ver a su linda florecilla, se dió cuenta de que la puerta del primer piso por fin, se hallaba entreabierta, así que haciendo gala de su amplio repertorio en el arte de la seducción, se transformó en un pavo real y tañendo la zampoña, logró que su ángel de amor, colorada como una amapola, aceptase guiarle a su alcoba cogidos de la mano. 

-¿Nos acostamos o prefieres que cenemos? Preguntó el barón. 

-Primero lo que vos queráis y luego, cenamos, respondió ella. 

La suerte estaba echada y su ninfa de cabellos dorados, también. Así lo cantaron los juglares ya que por aquel entonces, no existían los trovadores. 

El puente ya está echado, 

No sé si lo pasaré, 

Palabrita tengo dada, 

No sé si la cumpliré. 

Decían con razón los griegos antiguos, los clásicos, que para que dos personas puedan discutir sobre cualquier asunto, previamente tienen que estar de acuerdo al menos en dos o tres puntos porque de lo contrario, que se entiendan, sería casi imposible. El barón y la joven molinera se entendieron. Ceremoniosamente sin utilizar atajos, se adentraron juntos por un laberíntico y frondoso bosque colmado de ambrosías quedando sus cuerpos atrapados en un cálido nido, hasta las primeras luces del alba. 

Tras el “rendezvous” satisfecho, el barón regresa a caballo a su blanca torre almenada silbando mientras la joven doncella de sus fantasías, desde el hastial de su santuario, la siguiente coplilla cantaba: 

No quiero que te vayas 

Ni que te quedes, 

Ni que me dejes sola 

Ni que me lleves. 

Quiero tan solo… 

Pero no quiero nada, 

Lo quiero todo. 

Al llegar a su fortín y cruzar el patio de armas, el barón vio un melón en el suelo que se interponía a su paso. Le dio tal puntapié, que logró introducirlo por una ventana de las caballerizas. Aquel lanzamiento de tanta precisión, le obligó  a parar en seco y mesándose la barbilla, se perdió en profundas reflexiones. Se puede decir de manera  indubita sin arrogancia, que en aquel  preciso instante el barón inventó el fútbol. Luego, con paso firme y cadencioso continuó su camino canturreando las viejas canciones de gesta que aprendió de sus antepasados acompañadas con trompeteria, hasta llegar a sus aposentos.

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