PESADILLA (R.MADRID-NAPOLES).

-¿Hasta qué punto se habrá agotado la reserva de talentos?, se pregunta en voz alta el barón desde la balaustrada del primer piso de la torre.
-¿Decía algo mi señor?
-Me preguntaba sobre ese tipo que sospechas, hijo y nieto de Camborio, el que regatea las mercedes de la FIFA y de la AFA. El espejo retrovisor de la historia del balompié, el pequeño zahorí de las cunetas y asombro de los estadios. Aquel poeta en barbecho discípulo predilecto de Pericles y estadista “non nato”. Me refiero al niño perdido y hallado en El Sacromonte.
-¿Otra vez con unos cuartillos de más, mi señor?… ¡Venga ya!, que bromas gasta este hombre. Se ha quedado anclado en el siglo XIII.
El barón se hizo con los servicios del joven Alessio, su insolente y deslenguado lacayo, cuando volviendo de su segundo viaje a Tierra Santa, rodeando Los Apeninos, al pasar por un inmundo poblado lo rescató de una muerte segura a manos de una salvaje turba por un asunto de faldas que prefiere silenciar.
Un suspiro de alivio parece abrirse paso, solo era una chanza de nuestro jodido cruzado que por culpa del vino de Jerez, está como pajarillo en soga. ¡Pero no!, con los ojos encendidos como trozos de carbón al rojo vivo, entra en su aposento y sale airado dando un severo portazo, arropado únicamente con el camisón de dormir y un sobado gorro de lana con borla. Montado en cólera baja los escalones de dos en dos hasta llegar al rellano, exhibiendo en una mano un manojo de pergaminos.
-¡Alto ahí bellacos!, ¡el barón nunca miente!, ¡lo acabo de leer en los papeles!
De repente, se hace un silencio sepulcral y los mesnaderos se miran sorprendidos con verdadero pavor unos a otros, como si hubiera llegado el fin de sus días y los sarracenos estuvieran a punto de rebanarles el cuello a cuchillo.
La duda flota en el ambiente, el temor se palpa, las miradas se cruzan horrorizadas.
-¡Dios mío!, gime el capellán abrazado a una cruz, -¡el Señor nos ha castigado por nuestros pecados!
-¡Se ha desatado el cólera!, farfulla el barbero cirujano. -¡Es el fin del mundo!.
La mayoría corre despavorida y aterrorizada a coger los enseres que puedan llevarse apresuradamente mientras otros, sacan los mulos del establo enjaezados de mala manera para escapar con sus bártulos a toda pastilla al puerto más cercano.
-¡Vuelve Maradona! ¡Es la ira de Dios!, exclaman apremiándose en abandonar con auténtico pánico los seguros muros de la blanca torre almenada con ribetes dorados.
El barón ya totalmente vestido con el jubón de mangas cortadas por los hombros y sus calzas de cuero, se coloca con pausa el bonete sobre la cabeza y asoma de nuevo en la balaustrada gritando.
-¡Parad bribones!, ¡cobardes!, ¡quietos todos! Una enigmática y fría sonrisa asoma en su tenso rostro. -¡No me habéis dejado acabar! Riéndo abiertamente. -¡Villanos, sois como las ratas! ¡Escuchad!
Los hombres detienen su trasiego y miran hacia arriba a su señor con el miedo reflejado en los ojos. El barón con cierta parsimonia, barriéndolos con una mirada desdeñosa pero a la vez compasiva, despliega un pergamino y lo lee en voz alta.
-Maradona ha dicho que no puede jugar con el Nápoles, que ya no es un zagal. Está lento y pesado como una tortuga. Lo que habéis oído de los pinochos no tiene la más mínima credibilidad, es un bulo. Aquí lo dice, ¡mirad!
Tras enseñar el escrito a los presentes y conseguir tranquilizarlos, el barón enrolla el pergamino y mira al grupo esperando respuesta. Después, al no recibirla, alza los brazos y ordena que traigan vino.
-¡Sacad de la bodega dos toneles grandes de vino nuevo, hay que celebrarlo! ¡Os invito!
El miedo se olvidó cambiando a una entusiasta algarabía. Todos y todas tomaron sus jarras de zinc y bebieron a reventar hasta que el sol se evaporó sombreando los montes de la sierra de Almijara. Desde aquel señalado día, catorce de febrero, día de San Valentín, hace ocho siglos, se viene celebrando la Feria de Sevilla, El Rocío, Las Fallas, Los Sanfermines y La Tomatina.
-¡Vade retro Maradona!, celebró el capellán alzando el hisopo y conjurando el peligro.
El barón llenó su vaso de cristal de Bohemia y levantando el codo para brindar con sus mesnaderos, soltó unas poéticas palabras.
-¡Ven acá vino tintillo, hijo de la cepa tuerta, tú te empeñas en entrar, y yo te abro la puerta! ¡Gluck!
Cuando abrió la puerta doce veces, tuvo una visión apocalíptica. Belcebú se perdía entre la niebla quedando maltrechos, pero vivos. En su delirio, creyó ver entre las sombras el contorno de un fauno y un diablillo. La noche era cerrada y empezaron a oírse truenos. A cada relámpago, el fauno y el diablillo le sonreían.

Felicidad para todos y nos sigamos viendo. muchos años en el foro.
Buenos días! He venido a desear buenas fiestas a vosotros, que pasen de lo lindo con sus famílias!
PedrinhoMurcia, espero tu regreso, hombre! Te deseo lo mejor, fuerte abrazo!