6 junio 2026
La Furia

EL HOMBRE DE LOS MILAGROS.

Tic tac tic tac tic… El tiempo se detuvo. 

Cerros Gordos de manera inusual ha visto alterada su habitual tranquilidad, gentes de todo credo y posición se acercan en peregrinación hasta la perdida aldea para venerar en su modesta iglesia, una talla policromada de la que se dice, realiza milagros.

Muchos se trasladan a pie, otros en burro o a caballo desde todo el orbe conocido y tras entregar una dádiva, se les permite pasar descalzos con un cirio en la mano hasta el sagrario. Después, se arrodillan ante la santa imagen para efectúar sus rogativas. Los monaguillos recorren los pasillos balanceando los incensarios  para tapar la nauseabunda hediondez que se propaga desde los confesionarios. Allí, apretados como piojos en costura se ocultan los pinochos para capturar la noticia o inventarla. Tras la puerta de la sacristía, el padre Damián observa a hurtadillas con perplejidad todo el escenario sin poder reprimir una sonrisa mefistofélica. Hay quienes dicen que la imagen no pinta nada en una aldea apartada del mundanal, en un recinto religioso insignificante, que debería ser expuesta en la catedral más grande del reino.

Por contra, otros sostienen que el general no es un santo, que la imagen no ha sido bendecida por el Papa de Roma y que por lo tanto, no puede hacer milagros. La imagen del general ha atraído además de creyentes, a muchos embaucadores que aprovechan la afluencia de peregrinos para apostarse en lugares estratégicos de los caminos y vender huesos y reliquias de santo. Algún incauto se deja engatusar y las compra. 

En el principio de todo Dios creo el cielo y la tierra. Para despejar las brumas hizo la luz y germinaron las plantas. Para que pudieran crecer separó el día de la noche y aparecieron los astros. Al cuarto día y al alba del quinto pobló el mundo con diferentes especies animales: unas eran marinas para que habitaran en el mar y otras aladas para que surcaran los cielos. No siendo suficiente concibió otras especies para que poblaran el planeta: mamíferos, reptiles y finalmente, decidió crear al hombre a su imagen y semejanza concediéndole la inteligencia. En el séptimo día descanso. Pero antes de retirarse a contemplar su magnificente Obra, estableció una raza de semidioses que viven entre nosotros distinguiéndose por su aura. 

Hay individuos que lo que no tienen de especial, incapaces de realizar milagros como ganar tres “Champions League”, ¡aleluya!, ¡cayó la Decimotercera!, lo suplen con un curso intensivo de interpretación en el “Actors Studio”. En cambio, hay otros que por la sencillez y discreción que presiden sus actos, erroneamente se les subestima cuando suelen ser los más brillantes. Nadie en sus cabales puede dudar ya de la capacidad del general Zidane para realizar milagros. Por intermediación del barón, el alquimista Merlín le brindó la fórmula mágica de manejar el azufre, los rabos de lagartija, el estramonio, las semillas de ricino, las amapolas majadas, los metales para que mezclados sabiamente en el crisol, obtuviese oro. Pero Zidane es un espíritu lúcido que ha aprendido más de la vida que en los libros, ha preferido alcanzar la “ataraxia” de los antiguos griegos optando por sintetizar sus pensamientos convirtiéndolos en perlas refulgentes, en sabios apotegmas. 

Si algo le repatea en las tripas al barón es la manipulación y la mentira desde la impunidad. Recuerda una frase atribuida a Mark Twain que resume el éxito de la “agit-pro” de los pinochos: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que la han engañado”. En esa cruenta batalla se hipotecó el barón, en defender a capa y espada a su protegido porque le respaldan muchos siglos de conocimientos. No debemos olvidar que su “ceboclick” lo puede trasladar las veces que quiera del pasado al presente a sabiendas, de que la tinta que sangra de su pluma se disuelve pronto en el agua como un azucarillo. “Sancho, siempre lo he oído decir, que el hacer bien a villanos, es echar agua en la mar”. 

Hay quienes pretenden ganar el cielo en el último instante porque Dios, no puso un límite de tiempo para los arrepentidos, bastaría un acto de contrición sincero para que el Supremo nos perdone. Con los pies de puntillas, con las palmas de las manos pegadas en posición de rezar, con gesto genuflexo y a punto de levitar, el barón contempla el lejano fulgor que emiten las estrellas y con vivas lágrimas de emoción, pero sereno, da las gracias al Padre. Cuando un mito se va, deja un gran vacío.

    5 1 votar
    Article Rating
    Subscribirte
    Notifica de
    2 Comentarios
    El más nuevo
    Más antiguo Más votado
    2
    0
    Me gustaría saber que piensas, por favor comentax