LA OLLA DE CEBOLLAS.

Al caer la fría noche, el barón se encerró solo en su cubículo secreto y atrancó la puerta para impedir que le molestaran. Corrió las cortinas de arpillera y se desnudó como un santo pues así lo exigía el ritual. Del interior de una oscura alhacena, sacó con sumo cuidado una olla de arcilla cubierta con un polvoriento paño que contenía cebollas crudas. La utilizaba a modo de bola de cristal para averiguar el futuro porque la que le regaló en su día el mago Merlín, acabó estrellada en el foso de la torre haciéndose añicos.
Después de realizar los conjuros de rigor y tras unos momentos de una tensa y paciente espera, las repulsivas imágenes que observó provocaron que saliera corriendo espantado, bramando como un poseso escaleras abajo. Los criados que se hallaban entretenidos en la cocina jugando a las cartas, alarmados por los horribles y extraños gritos, acudieron a tiempo antes de que la gélida noche sorprendiera a su señor cruzando el patio de armas, y se quedara pajarito. Tras darle a beber una tisana de hojas de ortiga con la sumisión y el respeto que le debían, trataron de indagar qué fue lo que su señor vió para que menguase su “varonía”, quedando reducida a tan solo dos huesitos de aceituna de manzanilla.
No les pudo responder, con el horror reflejado en el rostro, señaló con el dedo índice hacia arriba. Los criados que le atendieron hasta un número de seis, subieron raudos la empinada escalera de piedra y se pusieron a mirar, pasmados, el contenido de la olla. A los pocos segundos fueron cayendo de uno en uno fulminados.
Los primeros tres valientes, se retorcían de dolor sobre el suelo en una posición lamentable, parecían endemoniados. Otros dos criados lloraban a chorros en un estado catatónico abarrante mientras el sexto, haciendo acopio de una omnímoda entereza, por eso era el hombre encargado de la matanza por San Martín, soportó estoico las bastardas figuras que salieron en la improvisada olla de barro. Las escenas parecían apocalípticas, bastó un tropiezo para que en el taller de Geppetto, los repelentes pinochos montasen fiesta, dieran por sentenciado al nuevo general, y amortizada la tropa.
Tras los dos primeros envites con resultado favorable, en el tercer lance contra los béticos, en Sevilla, la victoria se les negó. Se encontraron a un rival muy motivado que mientras le aguantaron las fuerzas, planteó una resistencia férrea para después, durante la segunda parte y al borde del colapso, pasar a una numantina defensa aliada con la fortuna. La partida al final terminó en tablas. La tropa mereció más, se la vio comprometida y en general, sobre todo en la segunda parte tras el cambio de Carvajal por Danilo, el juego mejoró tanto ofensiva como defensivamente.
El barón se permitirá una sugerencia: hay que poner más velocidad en las transiciones, coordinar mejor el repliegue defensivo y dirigir los centros laterales con más precisión.
Tras la traumática experiencia y de manera imprudente, nuestro arrojado cruzado para recuperar la normalidad, escanció tres gorros de caldo costeño en su vientre y cuando los acabó, enfiló de nuevo las escaleras, para entrar sigilosamente en su sombrío habitáculo secreto. Se situó frente a su oráculo cebollar, pero no tuvo tiempo de terminar los conjuros porque desde la pantalla, salió una imagen con voz cavernosa presentando el horóscopo. La imagen se fue desvaneciendo y el tembloroso silencio de la noche, regresa a la monástica celda de nuestro caballero penitente. El barón está exorcizado.

Más o menos lo que estos días vivimos con la situación de Alonso.