EL REY DESNUDO.
No hay más que ver su mayestática imagen montada a lomos de Merengue con todos los arreos, una maleta a cada lado del animal conteniendo sus ropajes de terciopelo, tres lavativas, el yelmo de Mambrino, el espadón que heredó de un antepasado polaco, las descomunales espuelas y una maza que asusta para percatarse en un pestañeo, de que el barón no es amigo de empalagosos halagos, tiene más cicatrices que el paño de pulir el frio acero de su espada.
A veces, le embarga un sopor que en el romance de “la Caña Vargas” se denomina “garbana”, se queda “alelao” como si hubiese comido tres kilos de boniatos bien regados con el mejor caldo de la comarca. Su vientre de tanto tiempo transcurrido como cruzado en excedencia, se ha convertido en una ominosa panza y, como en esa parte tiene tres cicatrices de la IV Cruzada, se le han hichado amenazando con reventar.
Ha recurrido a Encarnica, la sanadora de la Haza del Lino y esta puñetera mala bruja, acabó de arreglar la cosa. Le ha recetado un brebaje, una pócima de vaya usted a saber qué y el barón ha entrado primero en una especie de baile de San Vito, después en una descomposición de vientre y finalmente, en tal estado de excitación y arrebato que raudo, se ha encaminado al atril, cogió el cálamo y un pergamino, y se puso a escribir como un poseso. Y claro, no ha dejado títere con cabeza.
Por un momento pensó que estaba de nuevo a las puertas de San Juan de Acre, en Palestina, y que una nube de flechas sarracenas que oscurecían el cielo, rompía a llover sobre su cabeza. En su indomable agitación creyó que una de ellas, le había atravesado la cota de malla yendo a golpear en una medalla de la Virgen de la Cabeza que por cuarta vez, le ha salvado la vida. El resultado de tan terrible trance fue lo que sigue.
Los pinochos, otrora digna y envarada asamblea de patricios, hoy es un extraño cruce de junta de vecinos y almacén de exabruptos, una pasarela de necios con derroche de ventosidades, alfiletero de píldoras y destartalado circo de tres pistas. El otrora “templo de la información”, hoy es un bacín donde se amontonan los desechos. En tiempos, en el periodismo prevalecía el ingenio, el humor y el buen estilo; hoy campa lo chabacano, la charlotada y se deja que corra el bulo. Tenemos lo que nos merecemos por haber dejado convertir la sociedad en un aprisco, en un atasco de botellón y humeante pasillo la formación académica. Se ha desmochado con precisión quirúrgica la capacidad de dudar para favorecer una sociedad manejable. Se han sustituido las palabra por un lenguaje chocarrero de mercadillo: comer la tostada, mover ficha, pillado con el carrito del helado, la pelota en el tejado, cambio de cromos, comerse el marrón… Todo resulta muy prosaico. La gloriosa frase que al barón le pide el cuerpo es la siguiente: ¡chúpame la minga Dominga!
El barón hoy quiere terminar con un cuento de Christian Andersen: “El rey desnudo”. Este conocido cuento tiene su antecedente en un capítulo de “El Conde Lucanor”, del Infante Don Juan Manuel.
Erase un pícaro sastre que convenció al rey de que el vestido que le había confeccionado, con ricos paños de seda e hilos de oro, era el traje invisible más hermoso del mundo, tan hermoso, que sólo los tontos no podían verlo. En el libro del “Conde Lucanor” no lo podían ver los hijos bastardos. Un día señalado y, aunque el rey no se veía vestido, pensó que su madre había sido más puta que las clásicas gallinas, se dirigió de festejo con sus cortesanos a dar un garbeo por la villa a caballo.
La gente callaba conocedora de la rara cualidad que tenía el vestido hasta que de repente, la voz de un muchacho se escuchó entre la multitud exclamando -¡El rey está desnudo! Los presentes, incrédulos, cruzaron sus miradas y empezaron a murmurar para después, alzar la voz con burla. ¡El rey está desnudo!, ¡el rey está en cueros! Tras un momento de duda y profundamente avergonzado, el rey acabó asumiendo que había sido engañado. Ordenó a sus cortesanos dar la vuelta a sus grupas y cascos en polvorosa, regresó al castillo.
De este cuento se puede sacar la siguiente moraleja: el hecho de que una mentira sea aceptada por muchos, no tiene por que ser cierta.

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Patente de corso
Aplauden como focas amaestradas
Arturo Pérez-Reverte
Viernes, 09 de Enero 2026, 10:21h
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Tiempo de lectura: 4 min
Aplauden, fíjense en ellos. Aplauden siempre, lo aplauden todo. Aplauden incluso cuando el líder dice una gilipollez o miente con la impune desvergüenza de quien sabe que nadie le pedirá cuentas. Aplauden en grupo, a coro, jaleando la consigna como si les fuera la vida en ello, porque en realidad les va: el cargo, el coche oficial, el despacho, la tarjeta de crédito, el restaurante que nunca frecuentarían de dedicarse a un trabajo decente. Saben que aplaudir como focas bien entrenadas –y que me disculpen las honradas focas– es más rentable que el pensamiento.
La política española se ha convertido en un redil de sinvergüenzas sumisos, donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas
El político que aplaude sin pensar no es un error del sistema; es el perro de Pavlov de su partido, la escoria que resta cuando se esfuma todo criterio propio. No es un representante público, es un comparsa. No está ahí para opinar, sino para obedecer. No para debatir, sino para asentir. No para servir al ciudadano, sino para respaldar al jefe. Pedro Sánchez, con su estilo de gobernar, ha patentado la marca: los partidos políticos españoles se convierten en redil de sinvergüenzas obedientes donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas. Son valientes en Twitter y cobardes cuando su jefe los mira. No lo quieren, sólo le tienen miedo. Pero el miedo ata más que la lealtad.
No hay ahora grandes diferencias. Cambian las siglas y las consignas, se alternan o suceden unos a otros en los escaños, pero la cochina estirpe es la misma: mediocres con ambición, inteligentes cobardes, buscavidas de todo sexo y pelaje, oportunistas que jamás contradicen a sus jefes en público ni en privado y les jalean hasta los bostezos, pues saben –en eso son en extremo competentes– que hasta un silencio prudente es más peligroso para sobrevivir que el aplauso desaforado y entusiasta. Por eso no se trata sólo de aplaudir, sino de que los vean hacerlo. De que la sumisión absoluta conste en acta. El líder habla y ellos sonríen. El líder ordena y ellos ejecutan. El líder miente y ellos reformulan. El líder cae en contradicción y ellos aplauden más fuerte, como si el ruido pudiera borrar la hemeroteca. No hay ideas, hay consignas. No hay debate, hay disciplina. No hay política, hay una secta asalariada e infame.
Y luego están los otros, claro. Los palmeros mediáticos. Los que sostienen la farsa. Los periodistas y tertulianos que si fueran cojos nadie podría adivinarlo desde el poder, porque siempre se le acercan de rodillas. Los chupacirios a sueldo y los convencidos sectarios, pues de ambos hay, que se llaman a sí mismos profesionales mientras adulan a quien los trajine en ese momento. Los que no preguntan sino masajean, no investigan sino justifican, no informan sino protegen. Y cuando enseñan el colmillo nunca es contra el líder que les llena el pesebre, sino contra quien incomoda a ese líder. Junto al político que aplaude lo que le echen, el periodista comepollas es una de las especies más dañinas del ecosistema democrático porque no es ignorante, sino cómplice. Sabe cuándo algo no cuadra, pero mira hacia otro lado. Sabe cuándo le mienten, pero titula con el eufemismo adecuado. Sabe cuándo debería morder, pero prefiere lamer. Y todo ello envuelto en un discurso moralista sobre la responsabilidad, el contexto, la estabilidad y lo malos que son los otros.
Así funciona la cochina maquinaria: políticos que no piensan y periodistas que no preguntan. Un círculo vicioso de mediocridad blindada. Un teatro donde todos fingen que todo va bien, mientras el ciudadano paga la entrada, las luces y los destrozos. Pero el ciudadano no es tonto, aunque se le trate como tal. O no todos son igual de tontos. Muchos ven el aplauso automático y reconocen el miedo. Leen el titular indulgente y detectan la consigna. Escuchan la entrevista cómoda y entienden que ahí no hay periodismo, sino propaganda con vaselina. Y cada vez que eso ocurre, la confianza se erosiona un poco más, pues comprenden que no se trata de un problema de ideología, sino de decencia, de honradez, de ideas, de coraje. Que la política española se ha convertido en una feria de oportunistas donde es más cómodo aplaudir, más seguro callar y más rentable escribir lo que se espera de ti. Y entre aplausos mercenarios y columnas complacientes se diluye una democracia anestesiada, cada vez más falsa, donde disentir es sospechoso y pensar por cuenta propia arroja a las tinieblas exteriores, lejos de las siglas que calientan y cobijan. De ese modo, cada vez más, abundan los palmeros con escaño o micrófono dispuestos a sostener a toda costa a líderes que, no importa el color que tengan, con diferentes talantes y estilos, se ríen y seguirán riéndose en la cara de esta desdichada democracia. Que no está enferma de conspiraciones rojas o azules, cuartelazos ni dictadores enterrados hace medio siglo, sino de aplausos cobardes.
No tiene por qué, con tilde o acento, ser cierta.
En el libro de “El Conde Lucanor”.