NOSTALGIA EN ÉPOCA ESTIVAL.
Hojeando algunos codicilos y pergaminos en su amplia biblioteca, In The Garden encontró la simpática foto de un primitivo cartero de principios del siglo XX que le ha enternecido. Aquel personaje rural con el mostacho a lo “káiser”, su gorra respetable y marcial, su artilugio de trabajo por entonces algo novedoso, hoy una vulgar bicicleta, lo han transportado a esos tiempos pre-mochileros en los que el atuendo y las formas se cuidaban.
En un gran salto con tirabuzón incluido, se imaginó de pronto en la Viena “fin de siecle”, una época que le fascina y no solo por la música, también por la “joie de vivre”, el “fru fru” de aquellas faldas almidonadas y esas miradas pícaras tras los repujantes colores de las varillas de los abanicos. Una carta entregada por aquel cartero no podía contener un vulgar estadillo del banco, el repugnante aviso de una multa, o la insistente propaganda de una marca de audífonos. Ese cartero solo podía ser el mensajero de una recatada declaración de amor, escrita sobre un papel perfumado y ornamentado con guirnaldas de flores.
En Viena existe una avenida engalanada de tilos, la “Strasse der Liebenden”, calle de los enamorados, que al barón le recuerda una inscripción callejera que sobrevive casi de milagro en Granada a la iconoclastia política, con un evocador rótulo de cinco palabras: “El Paseo de los Tristes”. Está situado debajo de La Alhambra y en su tranquilo recorrido sobre el rio Darro, hay un puente por el que se dice navegan melancólicos suspiros.
Todo resultaba bucólico y con cierto aire bohemio hasta que de sus nostálgicos pensamientos, le despertó una frase que encontró entre sus papeles de una chiflada feminista que recibió como una bofetada. Definía el románticismo como un machismo encubierto.
Las fotos que encontró de la boda del príncipe Harry y Meghan Markle también despertaron su gatuna curiosidad, le resultaron ligeramente “demode”. Los ingleses continúan aferrados a sus arcaicas tradiciones, se imaginan todavia ese Imperio que dejó de existir hace más de ocho décadas y en sus elucubraciones, siguen viendo a la reina Victoria, regordeta pero imperial, más amiga de hacer calceta que de rubricar leyes, paseando en cabriolet por “Regent Park”. Son felices con sus reyes, sienten orgullo de su país y respetan sus símbolos.
En sus memorias contaba el ex presidente de Portugal Ramalho Eanes, que durante una visita oficial a Reino Unido, viajando junto a la Reina Isabel II en su majestuosa carroza sacada de un cuento de hadas, mientras saludaban tras los cristales blindados a los curiosos escoltados por un pelotón de coraceros, percibió un olor nauseabundo y la reina se sonrojó como una amapola. Eanes, que al parecer era un caballero educado, le dijo a la reina acercándose y bajando la voz: “Señora, no se azore, aseguraría que fue uno de los caballos”.
Los ingleses nativos, una tercera parte de la población de Londres, aman y respetan su nación. No les resulta ningún problema que el príncipe Harry se case con una mulata yanqui y divorciada de un judío, o que el actual alcalde de la capital sea un pakistaní. Adoran a su reina porque es el símbolo de la Nación. En España, hay quien prefiere a un ruinoso presidente republicano que para mantenerlo, nos asarían a impuestos. Al de la Segunda Republica se le conoció como don Niceto, el Botas; al que viniera ahora lo llamarían Pablo, el del Casoplón, o vaya usted a saber quién.
In the Garden, el último barón de los Cerros Gordos, heredó de su antepasado, al que no quiere restar protagonismo, un fuerte deseo de aprender y por un tiempo se convirtió en un penitente viajero. Pero se siente abatido porque en su guía, no encuentra el “Arroyo de la miel”.
