6 junio 2026
La Furia

EL REY DESNUDO.

 

No hay más que ver su mayestática imagen montada a lomos de Merengue con todos los arreos, una maleta a cada lado del animal conteniendo sus ropajes de terciopelo, tres lavativas, el yelmo de Mambrino, el espadón que heredó de un antepasado polaco, las descomunales espuelas y una maza que asusta para percatarse en un pestañeo, de que el barón no es amigo de empalagosos halagos, tiene más cicatrices que el paño de pulir el frio acero de su espada. 

A veces, le embarga un sopor que en el romance de “la Caña Vargas” se denomina “garbana”, se queda “alelao” como si hubiese comido tres kilos de boniatos bien regados con el mejor caldo de la comarca. Su vientre de tanto tiempo transcurrido como cruzado en excedencia, se ha convertido en una ominosa panza y, como en esa parte tiene tres cicatrices de la IV Cruzada, se le han hichado amenazando con reventar. 

Ha recurrido a Encarnica, la sanadora de la Haza del Lino y esta puñetera mala bruja, acabó de arreglar la cosa. Le ha recetado un brebaje, una pócima de vaya usted a saber qué y el barón ha entrado primero en una especie de baile de San Vito, después en una descomposición de vientre y finalmente, en tal estado de excitación y arrebato que raudo, se ha encaminado al atril, cogió el cálamo y un pergamino, y se puso a escribir como un poseso. Y claro, no ha dejado títere con cabeza. 

Por un momento pensó que estaba de nuevo a las puertas de San Juan de Acre, en Palestina, y que una nube de flechas sarracenas que oscurecían el cielo, rompía a llover sobre su cabeza. En su indomable agitación creyó que una de ellas, le había atravesado la cota de malla yendo a golpear en una medalla de la Virgen de la Cabeza que por cuarta vez, le ha salvado la vida. El resultado de tan terrible trance fue lo que sigue. 

Los pinochos, otrora digna y envarada asamblea de patricios, hoy es un extraño cruce de junta de vecinos y almacén de exabruptos, una pasarela de necios con derroche de ventosidades, alfiletero de píldoras y destartalado circo de tres pistas. El otrora “templo de la información”, hoy es un bacín donde se amontonan los desechos. En tiempos, en el periodismo prevalecía el ingenio, el humor y el buen estilo; hoy campa lo chabacano, la charlotada y se deja que corra el bulo. Tenemos lo que nos merecemos por haber dejado convertir la sociedad en un aprisco, en un atasco de botellón y humeante pasillo la formación académica. Se ha desmochado con precisión quirúrgica la capacidad de dudar para favorecer una sociedad manejable. Se han sustituido las palabra por un lenguaje chocarrero de mercadillo: comer la tostada, mover ficha, pillado con el carrito del helado, la pelota en el tejado, cambio de cromos, comerse el marrón… Todo resulta muy prosaico. La gloriosa frase que al barón le pide el cuerpo es la siguiente: ¡chúpame la minga Dominga! 

El barón hoy quiere terminar con un cuento de Christian Andersen: “El rey desnudo”. Este conocido cuento tiene su antecedente en un capítulo de “El Conde Lucanor”, del Infante Don Juan Manuel. 

Erase un pícaro sastre que convenció al rey de que el vestido que le había confeccionado, con ricos paños de seda e hilos de oro, era el traje invisible más hermoso del mundo, tan hermoso, que sólo los tontos no podían verlo. En el libro del “Conde Lucanor” no lo podían ver los hijos bastardos. Un día señalado y, aunque el rey no se veía vestido, pensó que su madre había sido más puta que las clásicas gallinas, se dirigió de festejo con sus cortesanos a dar un garbeo por la villa a caballo.

La gente callaba conocedora de la rara cualidad que tenía el vestido hasta que de repente, la voz de un muchacho se escuchó entre la multitud exclamando -¡El rey está desnudo! Los presentes, incrédulos, cruzaron sus miradas y empezaron a murmurar para después, alzar la voz con burla. ¡El rey está desnudo!, ¡el rey está en cueros! Tras un momento de duda y profundamente avergonzado, el rey acabó asumiendo que había sido engañado. Ordenó a sus cortesanos dar la vuelta a sus grupas y cascos en polvorosa, regresó al castillo. 

De este cuento se puede sacar la siguiente moraleja: el hecho de que una mentira sea aceptada por muchos, no tiene por que ser cierta.

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