SAN FLORENTINO PATRÓN DE LOS PESCADORES.

In The Garden descansa plácidamente sobre una hamaca de anea observando desde el pórtico, la serena e iridiscente belleza de su jardín con un apagado y plomizo mar al fondo. Sus manos sujetan una aromática taza de té y mientras lo paladea, van surgiendo en su memoria viejos recuerdos de su infancia.
De chaval, solía pasar las vacaciones de verano en un pequeño y tranquilo pueblo donde con el tiempo, acabó fijando su residencia. Años después volvió, en aquella ocasión acompañado de su pareja, Elise, y sus gemelos: Thomas y Harry, quienes por entonces, solo eran unos críos pelirrojos con la piel anacarada. Durante esos días se hospedaron en la blanca torre almenadad que pertenecía a su abuelo materno. Se hallaba situada sobre una loma rodeada de una exuberante vegetación subtropical y mediterránea. A sus pies y extendiendo ambos brazos, se podía abrazar Cerros Gordos, un idílico paraje que además de su belleza, poseía una historia de siglos desconocida hasta ahora. La torre y sus aledaños a lo largo del tiempo habían sufrido profundas reformas respecto a su recia y primitiva construcción, para poder disfrutar de un mayor confort. En su amplia biblioteca se seguían conservándo los pergaminos y otros antiguos objetos de su antepasado, el caballero cruzado.
Era un día claro y soleado en el que por consejo de su buen amigo Gonzalo, un apasionado alquimista de palabras, llevó a sus hijos gemelos a pasar un día de playa a una cala cercana donde le aseguró, se daban las condiciones necesarias para realizar una prometedora pesquera. Cuando llegaron al lugar indicado tras bajar a pie por una angosta y empinada cuesta, dejaron descansar los pertrechos sobre el suelo en el interior de una oquedad situada bajo la pared del acantilado que a su vez, proporcionaba una agradable sombra para refugiarse del fuego de Atón.
No estaban solos, un reducido grupo de pescadores se repartían a lo largo de la cala guardando entre ellos una prudente distancia. El más cercano al lugar que escogieron para poner el huevo, era un individuo de mediana edad con aspecto desaliñado y oscuro. Sus aviesos y avispados ojos, dos hoyuelos ennegrecidos, quedaron fijos en los recién llegados realizando un barrido de arriba abajo y vuelta a empezar que por su insistencia, incomodó al joven In the Garden evitando el saludo. El receloso sujeto se hallaba de pie aguantando la caña a la altura de su cintura sobre una parduzca y martilleada roca que expandía un repelente hedor, a causa de una hostil invasión de moluscos, sobre todo de lapas. El hombre vestía con una camiseta de rayas verticales que combinaba el color azul y el granate. Un pantalón de camuflaje de corte militar, le llegaba hasta las rodillas dejando al descubierto unas peludas y repulsivas pantorrillas que parecían alambres con púas. Se cubría la cabeza con un sombrero de palma de ala ancha y calzaba, unas sencillas sandalias de cuero algo deterioradas.
Al pisar las mullidas y finas piedrecitas del rebalaje, y abducidos por el dulce canto de las sirenas, los gemelos se zambulleron sin pensarlo en las templadas aguas marinas color turquesa mientras “papito”, se dispuso a preparar con la requerida paciencia los útiles necesarios para la pesquera. Los anzuelos venían empatillados, una coca y seis vueltas resultando una bendición porque el futuro y apuesto barón en las manualidades, es un desastre.
No pasó un minuto desde que lanzó el sedal cuando, ¡de pronto!, la punta de la caña se inclinó hacia abajo de manera pronunciada diciendo sí, para después, cimbrear nerviosa como si reclamase con urgencia evacuar. In the Garden se incorporó raudo como una sorprendida liebre huyendo de un hambriento lobo, excitado como una garduña en la temporada de celo. Luego, se puso a dar vueltas al manubrio para recoger el hilo y traer la captura. Cuando por fin salió, quedó petrificado al ver aparecer arrastrada hacia la orilla, a una criatura luminiscente con forma humana, unos ojos límpidos y la piel tersa y sin escamas. ¡Un silfo!
Un par de días antes anduvo curioseando por la lonja pesquera y se puso al corriente de los ictios más comunes que transitaban por la zona. Le contaron, con acento lugareño en una jerga que le costó entender, que uno de los ejemplares más codiciados era el conocido vulgarmente como “pez cazamoscas”. Se referían a una familia de peces con la habilidosa y sorprendente capacidad de volar durante una fracción de segundos, e incluso más. En este caso se trataba de una variedad de origen eslavo cuya toponimia respondía al nombre de Andriy Lunin y llegaba, desde un caladero situado en la costa ucraniana bañada por el Mar Negro. Según le dijeron aquellos expertos, condimentado al horno o a la plancha con un chorrillo de aceite de oliva, un poco de pimienta y una hoja de laurel, resultaba un manjar exquisito.
Una vez puesto el milagro en sus torpes manos, el futuro barón manifestó su alborozo de manera desaforada lo que llamó la atención en la distancia de los otros pescadores, en especial la del vecino culé de mirada atravesada. En esa feliz situación se hallaba cuando desde el cielo, quizá desde el mar, no sabría situar exactamente el lugar, desde la corte quizá, empezó a escuchar los líricos compases de una melodía arrebatadora. Ante tal proeza, los brazos y las piernas le temblaban por lo que dobló las rodillas clavándolas en tierra y visiblemente emocionado, juntando las palmas de sus manos y mirando al cielo como un buen cristiano, se puso a rezar. “Te damos gracias patrón por alimentar nuestros cuerpos con tu bondad infinita. Te damos gracias por los dones que nos concedes y que nuestra frágil e insignificante naturaleza no sabe apreciar. Gracias san Florentino por tu generosidad y divina grandeza. Amén”.

… desde el cielo, tal vez desde el mar…
Una fracción de segundo, e incluso más.