16 abril 2024
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El Adiós …

In The Garden, el barón de los Cerros Gordos, tras el desastre de campaña, está enfrascado en la lectura y apenas sale de sus aposentos a recibir la cálida luz del día. Su compañero de aventuras, Merengue, languidece en el establo resignado a su abandono. El cura de la aldea harto de no hacer nada ni de enredar, se ha convertido en el genio de un villano juego de cartas que está causando furor en toda la comarca. Las consecuencias de tan prolongado reposo por falta de actividad, la sufren los mesnaderos que sin trabajo por los que percibir un salario, el padre Damián les ha dejado sin blanca.

El libro que hoy vuelve a tener entre manos, lo leyó entre la tercera y la cuarta cruzadas, cuando andaba ocioso y no se veían moros en la costa. Entonces, lo hizo reclinado sobre el grueso tronco de un frondoso algarrobo divisando abajo los llanos costeros y algo más al fondo, un mar sereno que desprendía destellos de color esmeralda. El barón y su fiel Sincero, comían distraídos el fruto que caía del árbol esparciéndose por el suelo. Luego, lo solían pagar caro con ruidosos retortijones nocturnos y pedos que alarmaban a los criados, seguido por un tormentoso e inenarrable estreñimiento.

Por entonces, pasado el verano, desoía retos y desafíos, ignoraba justas, pasaba de amoríos y galanuras perdiendo el tiempo en trenzar tomiza y jugar al clavo. ¡Con puñales!, como corresponde a un aguerrido cruzado.

No son buenos tiempos para el barón, sólo encuentra morralla y cachos de estera. Ya no hay bravura, desaparecieron los paladines de castas doncellas, murió la decencia y se entronizó la chabacanería. Se ha perdido la galantería y solo pululan engendros soeces. Los trovadores y los romances cedieron frente a una caterva de pinochos desaliñados, trepajuncias y saltalindes. Los nobles guerreros se fueron y todo está atascado de zanganillos. Citando a Cervantes en su discurso sobre la Edad Dorada a los cabreros: “Entonces no había fraude, engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y la llaneza”. (Sic)

Por un momento el barón descansó de la lectura y salió de su retiro para ver, acompañado de su tropilla, sobre una sábana blanca extendida en un muro del salón gracias al mago Merlín, una cinta de alegres doncellas ligeras de ropa bañándose en el rio. Causó estupor e inquietud entre sus hombres que el barón se limitase a beber solo un cuartillo de caldo molviceño. Les pareció raro. Dirigiéndose a ellos de una forma displicente y con la voz quebrada por la emoción que le produjo las imágenes, les dijo: “mola mogollón”. Todavía bien entrada la noche, hay corrillos en el patio de armas y en las cuadras preguntándose e intentando descifrar, qué lenguaje tan extraño aprendió su señor en las Cruzadas.

De vuelta a sus soledades el barón esboza una enigmática sonrisa, bebe con fruición más vino y para intentar apagar la silenciosa tristeza que le domina, recita en voz alta unos versos de Quevedo: No he de callar por más que con el dedo/ ya tocando la boca o ya la frente/ silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente?/ ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/ ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?…

Pasada la media noche el barón entró en un profundo sueño, unos seres alados llegaron en vuelo hasta su lecho para llevarse su alma. No opuso resistencia, le invadió una sensación confortable y sintió el deseo de volar; algo que siempre quiso realizar pero que nunca logró, más allá de cinco metros cuando un respingo de Sincero, le hizo saltar de la silla de montar cayendo en un nauseabundo y mugroso balate lleno de tarquín.

Un noble rostro se acerca sigiloso con una sonrisa por sus pies y le extiende una mano para que lo acompañe. -¡Ah!, ¿eres tú Zizou?… ¡Cuán lejos quedan las florestas y los cristalinos arroyos, el trino de los jilgueros y la blanca nieve de las montañas en la lejanía, mi general!

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