13 abril 2024
La Furia

Polvo de estrellas

El barón a primera hora del día, al despuntar el alba, tiene la regular costumbre de acicalarse frente a un espejo roto y una vieja palangana. Lo de emperifollarse se ha de contemplar desde una perspectiva medieval y caballeresca. Nada de Boss o de Cartier, solo agua de rosas y albahaca restregada donde los brazos arrancan. Nada de gomina o de laca para el pelo, solo manteca de cerdo extendida sobre su canosa y recia cabellera. Se ha puesto una camisa nueva aunque todavía, la otra, la que se ha quitado, le faltaba un mes para que las mozas se la llevaran al río a lavarla. Se ha puesto una que le regaló una señora de Rubite, la baronesa de Los Carlos. Se ha cambiado la braga de lino por una sin estrenar que le roza en la entrepierna. La que se quitó, por vergüenza, no puede llevarla al río, la arrojó en un estercolero evitando que algún viandante lo viera. En su humilde tocador se pueden encontrar los siguientes objetos: un peine de cerdas, una lendrera, ungüentos para la sarna y la escrófula, una toalla y un lebrillo con su cántaro. Ya emperifollado y vestido con sus mejores galas, premioso se dirige al galope hacia el molino mientras su corazón, henchido de emoción, pugna por escapar libre del jubón. Cuando por fin se encuentra con la molinera, Merengue relincha y caracolea.

El Barón está sorprendido de lo ingrato que se muestra el populacho con los oficiales veteranos, fascinados por el fulgor que desprenden los nuevos infantes. En cuestión de semanas han olvidado las gestas que alcanzaron aquellos y los quieren jubilar. A unos veteranos que con sus virtudes y defectos, fueron los artífices de los pasados triunfos que tanta alegría provocaron causando la admiración y envidia mundial. La visión en general del aficionado es muy corta, partido a partido, no se detiene a pensar en situaciones que le son ajenas cuando se planifica la estrategia de una temporada. Esta situación lleva a la impaciencia, a mostrar opiniones en las que exigen el cambio de guardia se realice “ipso facto” sin conocer al dedillo, las interioridades diarias que se viven en el vestuario.

Nadie, salvo un pirado tira piedras contra su tejado por lo cual, en lugar de apuntar el telescopio sobre una sola estrella, disfrutemos de lo que nos ofrece el Universo. Dejemos que don Carlo siembre con la tranquilidad necesaria sin cargarle más presión de la que por su crítico y cuestionado cargo, soporta. No convirtamos las preferencias personales en un vertedero de repudios que puedan romper la dinámica de la tropa, en una insensata batalla fratricida por el mero placer de creerse alguno, haber descubierto una estrella. Una estrella que en cualquier momento puede convertirse en polvo cósmico. No enterremos de manera precipitada e inconsciente a otros soles que aún se mantienen encendidos con su luz brillando en el firmamento.

Al llegar aquí, el barón podría hacer una loa al saber estar, al desoír los cánticos de sirena, al medir y controlar los tiempos, al no amedrentarse ante las dificultades que se encuentren, al resistir frente a los enemigos y falsos amigos. El barón es consciente de sus limitaciones, pero también sabe que los genios escasean.

Apliquemos aquel sabio consejo que decían los antiguos griegos: “de nada demasiado”. Y cuidado, esto que parece una perogrullada, posiblemente sea la frase más inteligente que se haya dicho jamás.

De vuelta a su torre, el barón saca un jamón de la alacena. Después, corta un número prudente de lonchas, bebe una razonable cantidad de vino, pone, aceptablemente pajarillo en soga, y termina durmiendo un número apropiado de horas no sin antes, haber liberado con franciscana resignación, una moderada cantidad de ventosidades en la monástica soledad de su alcoba.

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